Ben-Huradas I

“El circo es un juego de sangre; y ese juego necesita una estrategia.”

Con motivo del estreno de Ben-Hur 2016, de Timur Bekmambetov (Metro Goldwyn Mayer-Paramount Pictures), encargamos a dos de nuestros colaboradores que escribieran sendos artículos sobre la película (¡ALERTA DE SPOILERS!):

  • María José Martínez Ruiz es Doctora en Historia del Arte, y profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid.
  • Alfonso Mañas es Doctor en Historia del Deporte, experto en gladiatura y deporte romano, e Investigador de la Universidad de Granada (Grupo CTS-545).

Además, también disputamos varias carreras de carros en el circo de Gladiatoris… en las que el reto fue llegar vivo a la línea de meta.

  1. Ben-Hur 2016. La carrera del cine épico clásico hacia el melodrama moderno, por María José Martínez Ruiz.
  2. Errores y aciertos en Ben-Hur, por Alfonso Mañas.
  3. Las Ben-Huradas, por David Temprano.

Hoy publicamos el primer artículo. Permaneced atentos: mañana y pasado publicaremos los siguientes.


Ben-hur 2016. la carrera del cine épico clásico hacia el melodrama moderno

María José Martínez Ruiz.

90 años después del estreno por la MGM de su primera versión cinematográfica de Ben-Hur, dirigida por Fred Niblo y basada en la obra literaria de Lew Wallace, Ben-Hur, una historia de Cristo (1888), la misma productora asumió la aventura de estrenar una moderna versión para el público del siglo XXI: Ben-Hur 2016.

El reto no era pequeño, especialmente tras el gran éxito cosechado con aquella cinta del cine mudo, así como con su remake de 1959, dirigido por William Wyler. El reciente proyecto se antojaba arriesgado por cuanto suponía revisitar dos grandes producciones previas, muy aplaudidas por el público y por la crítica, con las cuales la nueva obra inevitablemente iba a ser comparada. Tal vez la MGM, avalada por la rentabilidad económica que en dos ocasiones Ben-Hur había deparado a la compañía, y arropada por la nostalgia como actual tendencia, manifiesta en la cosecha de revivals que nutren la cartelera, se embarcó en el difícil reto. A buen seguro el propósito era alcanzar el tercer gran éxito con la misma historia por la cual pagó los derechos en 1923. Toda una osadía por cuanto entre el público potencial habrían de hallarse entusiastas de la obra de 1959. La película de Niblo, protagonizada por el galán del cine mudo Ramón Novarro, queda muy lejana en el tiempo para el espectador de 2016, pero no tanto la pieza protagonizada por Charlton Heston, pues más allá del lugar que ocupa como obra maestra de la historia del cine, sigue manteniendo una estimable cota de popularidad; probablemente no encontrar Ben-Hur de Wyler en alguna cadena televisiva en Semana Santa sea tan difícil como no ver programada ¡Qué bello es vivir! de F. Capra (1946) en Navidad. Es decir, de un modo u otro, sigue presente en el imaginario colectivo. Por ello, un Ben-Hur 2016 inevitablemente iba a ser enfrentada cara a cara con su predecesora por buena parte de los espectadores.

Evidentemente, entre los llamados a las salas, no pocos se verían impelidos por la curiosidad de contemplar cómo los modernos recursos de la cinematografía resolvían esta vez uno de los momentos más épicos de la historia del cine: la carrera de cuadrigas y duelo trágico entre Judah Ben-Hur y Messala. Wyler en su momento supo servirse de los avances técnicos (sonoro, color, formato panorámico, cámaras más ligeras con mayor versatilidad en sus movimientos y enfoques…), a fin de replantear el clásico del cine mudo. Tuvo la audacia de hacerlo siguiendo en gran medida a aquel, especialmente en todo cuanto había cautivado al público: la espectacularidad de la batalla naval y la carrera de cuadrigas. Dado lo cual, fácil era pensar que la moderna versión de Timur Bekmambetov hiciera lo propio, valiéndose en este caso de las amplias posibilidades del cine digital; pero lo cierto es que el propósito de singularizar la obra respecto a sus predecesoras, tal vez asumiendo la máxima: “si no puedes hacerlo mejor, hazlo diferente”, ha llevado a introducir cambios importantes en el relato; cambios que modifican en gran medida la naturaleza de la historia y el sentido de las pasiones y rivalidad entre sus protagonistas escenificadas en la arena del circo.

El episodio fortuito que supuso la desgracia y condena de Judah y su familia: la caída accidental de la teja desde la azotea de la residencia de Ben-Hur cuando éste y su hermana se asomaban a contemplar el desfile de la nueva autoridad romana en Judea, −relatado así en la novela original de Wallace y en las versiones cinematográficas precedentes−, torna en la reciente producción en ataque deliberado por parte de un insurrecto, acogido por Judah en su residencia. Pasar de un accidente a un atentado no es una cuestión menor en la historia y en la percepción por parte del espectador de los hechos que se desencadenan a partir de ese momento. Ni los malos son tan malos, ni los buenos tan buenos. Sí, todo sujeto entraña sus luces y sombras, y semejante ambigüedad en la caracterización de los personajes es una tendencia consolidada en la ficción de los últimos años.

Ese giro del relato no es el único que aleja a Ben-Hur 2016 de la obra literaria original, y también de las versiones cinematográficas anteriores. Tras la batalla naval, Wyler nos presentó la mudanza en héroe del injustamente condenado a galeras, cuando más allá de su odio fue capaz de salvar la vida de uno de aquellos que habían participado de su sufrimiento. La versión ofrecida de este episodio por Ben-Hur 2016, al margen de las dudas que desde el punto de vista narrativo pueda suscitar el modo en el cual Judah se libera de sus cadenas tras el naufragio, desvirtúa la concepción previa del personaje, en la medida que transforma al antiguo héroe en un mero superviviente. Tales variantes del relato nos privan además de episodios muy interesantes, como el ascenso social de Ben-Hur tras salvar durante el naufragio de la galera a Quinto Arrio, quien se convertiría en su protector –en la moderna versión tal personaje desaparece–. Con ello, se eluden algunos momentos de gran intensidad dramática, como el encuentro entre los viejos adversarios en aquella legendaria secuencia del sello. De igual modo, desaparecen capítulos de indudable espectacularidad, que contribuyeron a la construcción de la imagen de la antigua Roma para el cine, y con ello para el gran público, como fue la entrada triunfal en el foro romano, construido en Cinecittá para tal fin.

Centrada prioritariamente en la relación de amistad-enemistad entre Ben-Hur y Messala, la moderna versión simplifica en exceso un relato al que por otra parte le sobra argumentación. A decir verdad, la tensión dramática que caracterizó a aquellas películas clásicas, se diluye ahora en una historia sentimental, con final feliz entre los antiguos amigos-adversarios, merced a un acto de redención humano. Decimos humano porque si bien la obra literaria original hace gala de una profunda religiosidad –no deja de ser un relato de la vida de Jesucristo en paralelo con la vida de Ben-Hur, donde los puntos de inflexión en el devenir de éste vienen marcados por la presencia divina–, esta pierde entidad en la reciente cinta. La simbólica luz divina que se hacía presente en el escenario en aquellas exitosas representaciones teatrales de Ben-Hur a fines del siglo XIX, fueron asimiladas en la película de Wyler, acompañadas de la figura un tanto misteriosa del Mesías. El misticismo del cual pretendió envolverse tal presencia, muy aplaudida por el público de su tiempo, y recientemente parodiada inteligentemente por los hermanos Coen en su película Ave César (2016), ha desaparecido por completo. Ciertamente, la sociedad ha evolucionado y el espectador del siglo XXI tal vez se sienta más cercano a una imagen de Jesucristo más carnal; lo hemos venido apreciando en diversas producciones desde los años setenta hasta hoy, mas cuando el casting no hace grandes distingos entre la caracterización del Mesías y del propio Judah a un tiempo, quizá algo falla en la puesta en escena del relato.

Algo que la moderna producción asumía acertadamente es que la carrera de cuadrigas era el elemento clave de la historia y el que habría de llevar a los espectadores a las salas. De este modo, tal duelo se hace presente en Ben-Hur 2016 desde los minutos iniciales, como prólogo de una historia tejida en pro de tal evento. Desde el punto de vista histórico, el circo de Jerusalén era tan fantástico en la cinta de Fred Niblo, como en la de Wyler, como también lo es en la presente pieza de Bekmambetov, no sólo desde el punto de vista escenográfico, véase el aire art-decó que ofrecía el set de la película de 1926, erigido en Culver City (California), o las esculturas que coronaban la espina, difícilmente vinculables a semejante periodo histórico, como también aparecían en la obra de Wyler, cuyos espectaculares decorados fueron erigidos en Cinecittà, (Roma), por citar apenas algún detalle, sino por la ausencia misma de referencias históricas sobre la existencia de un circo en Jerusalén. Ahora bien, se tomaron detalles interesantes a la hora de materializar la carrera: las líneas esenciales del esquema arquitectónico de un circo romano, el giro de los delfines que marcaban cada vuelta de los aurigas, el diseño mismo de las cuadrigas, presentes en numerosos mosaicos y relieves romanos, y lo más importante: la materialización de lo que en definitiva era un espectáculo de masas. Las dimensiones y entidad de la escenografía, así como el gran número de extras partícipes en el rodaje, contribuyeron a sobrecoger a los espectadores de 1926 como así hicieron con los de 1959 –citemos apenas que la cinta de Wyler contó con ocho hectáreas de pista y gradas para 15.000 extras–. Pero más allá de lo apabullante que podía resultar tal producción, lo cierto es que lo que convirtió a aquellas en películas atemporales fue el encaje maravilloso entre un cuidado trabajo de guión, arte, interpretación, foto, montaje…, aquello que no ha ocurrido demasiadas veces en la historia del cine. Los once Oscar obtenidos por la obra de Wyler hablan por si solos, pues batió un record que tardaría muchos años en ser igualado. Cabe decir que aún sigue sobrecogiendo semejante despliegue de medios y sobre todo la impecable resolución de tan compleja realización, muestra inequívoca de la atemporalidad propia de las obras maestras.

Andrew Marton estuvo al frente de la dirección de la unidad que rodó la carrera de cuadrigas en la película de 1959, contando con especialistas ya legendarios, como Yakima Canutt y su hijo Joe. La intensidad que logró alcanzar no fue menor a la de la película de Niblo, bien es verdad que los avances técnicos favorecieron la posibilidad de agitar de un modo diverso las emociones del espectador. Aun hoy resultan inolvidables las caídas, la cámara acariciando las ruedas, las cuchillas del carro griego… ¿dónde están? Sí, han desaparecido en la moderna versión de 2016, probablemente se impuso el respeto a las referencias históricas, pues no dejaban de ser pura ficción, más ¿quién puede olvidar la fuerza dramática de tales imágenes? Además, el espectador había sido preparado con sumo cuidado para tal duelo; el lento desfile de los aurigas que antecedía a la carrera, con la banda sonora de Miklós Rózsa de fondo, concedía un carácter épico a cuanto contemplábamos en la pantalla, nos disponía al desenlace, una tragedia que una vez iniciada la carrera no precisaría de música, porque el único sonido vendría dado por las ruedas, los caballos, los gritos de los aurigas y la plebe vociferante.

Desde luego el planteamiento actual es muy diferente, para Wyler aquella secuencia no se trataba de una carrera cualquiera sino de una carrera a muerte que resumía el odio entre Ben-Hur y Messala. De hecho, la figura de éste queda perdida en la arena, se desvaneció allí…, no sabríamos más de él. La novela de Wallace no lo hacía morir en el circo, en ella se alude a que éste no volvería a caminar, pero lo cierto es que desaparece de igual modo. En la reciente versión se ha querido recuperar su figura, aún mutilada, con el propósito de alcanzar la solución a su enemistad con Judah. Naturalmente, no era esta la historia que conocíamos. Frente a la redención divina, propia de la obra literaria original, y las producciones cinematográficas anteriores, el moderno relato ha impuesto la redención humana. Ésta es la que lleva a Messala y Ben-Hur a la inesperada reconciliación final, inesperada por cuanto ha sido creada ex novo por la cinta de Bekmambetov. De semejante modo, se ha mudado la forma en la cual tiene lugar la salvación de la madre y hermana de Ben-Hur. Si esta se auguraba cuando alcanzaban a ver al Mesías en su ascenso camino del calvario, como se muestra en la obra de Wallace y en las realizaciones cinematográficas previas. La metáfora de su cura se revela en Ben-Hur 2016 en el mismo calabozo donde aún viven encerradas, todo ello en un episodio muy diferente respecto al relato original, por más que Wallace ilustrara los pormenores de la Torre Antonia, en la cual las mujeres vivieron recluidas durante años.

Puede que resultara inevitable comparar, y cabe reconocer que a los remakes siempre les cumple el más difícil todavía. Una vez contempladas las tres versiones de la MGM, aun con los inevitables fallos y consabidos errores históricos presentes en cada una de ellas, la historia del cine, a buen seguro, seguirá cuidando el digno lugar que en todo momento ha ocupado la gran obra que filmó Niblo, y la magnífica pieza que dirigió Wyler. Ben-Hur 2016…, bueno, tal vez se desvanezca en la arena, solo tal vez.

María José MartínezMaría José Martínez Ruiz es Doctora en Historia del Arte,
y profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid.


María José Martínez Ruiz (alias mjm) ha estado vinculada a Gladiatoris desde sus orígenes, manteniendo siempre un punto de vista crítico e incidiendo en el necesario rigor histórico.

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